Cuando las drogas controlan.
Le pregunto a mi suegra si todo está bien y me contesta que si así fuera me hubiera recogido del trabajo. Me imagino la frustración de mi suegro. Cuando llegué a la casa, me lo encontré en el patio de atrás, en el teléfono y fumando un cigarrillo. Lo salude y después entre a la casa, al cuarto vacío y la llave de la regadera corriendo. ¿Que se le va a hacer si no se quiere poner las pilas? Es cosa de cada semana y parece no tener remedio ni fin. Y yo que lo quiero tanto. Y yo que me chupo el dedo creyendo que esta será la última vez, pero así pensé la última vez y ve.
Me engaño yo misma y es un consuelo agridulce. La droga controla, decía aquel que tampoco podía dejar las drogas. Como olvidar el día que me grito que era un drogadicto y le gustaban las drogas. El descaro de sus palabras me sorprendió y hasta la fecha me atormenta porque la historia sigue repitiéndose.
Mi suegra lo toma mejor que yo. Es la costumbre que ya no pide consuelo y se resigna a lo que es y será. Me dice que me relaje y descanse. Sus palabras me caen como una cubeta de agua helada mientras el dedo que se me hincha de tanto chupar. Le pido mi pastilla para dormir y me retiro a la recamara. Las rosas blancas que compro para regalarle a Joanne están sobre el mueble, tristes y marchitándose. Las llevo a la cocina y las pongo en un vaso de agua.
¿Por qué, mi amor? ¿Por qué? Veo que no hay amor profundo que te haga cambiar. Mentira que me quieres más que yo a ti. La prefieres a ella y eso me cala en lo más profundo porque quisiera tomar su lugar.
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